Morir para recibir la vida


La muerte, trae con ella “la pérdida del pasado”, hace que emerja en la persona una añoranza por los recuerdos y situaciones vividas anterior a la pérdida. Son tan significativos estos recuerdos, que se perciben como irrecuperables. La sensación de inseguridad, de estar en el limbo, viene a acompañar a la persona. Desconoce cómo seguir avanzando en la vida.

Cuando estamos viviendo con personas cercanas que están viviendo la pérdida de un ser querido o la pérdida de una relación, de una situación laboral que se percibía como “ideal” o cualquier otro tipo de pérdida, nos sentimos incapaces de acompañar a esa persona o grupo de personas. Más aún cuando no hemos vivido de manera propia la muerte, nos parece que es ajeno a nosotros el tema y la experiencia.

No es cierto esto. Desde la mañana morimos cuando no queremos levantarnos y tenemos que hacerlo porque el día ya comienza y hay obligaciones, responsabilidades que atender. Morimos cuando deseamos que nuestro desayuno sea un manjar, y nos acordamos que el día anterior no fuimos a la tienda o al almacén para comprar lo que necesitábamos. Morimos, cuando esperamos que el día transcurra como esperamos que lo haga, y justo es el día que mayor conflicto nos trajo. Todas esas muertes representan una pérdida de algo en nosotros mismos, al mismo tiempo, es también una ganancia.

Cuando morimos desde la mañana a estas pequeñas o grandes cosas cotidianas, morimos para recibir la vida. Es decir, morimos a quedarnos en la cama, para recibir la vida con la posibilidad de hacer un mejor trabajo, un mejor servicio. Morimos al desayuno ideal que esperábamos en nuestra mente, para recibir en gratitud los alimentos que tenemos y la capacidad de hacer de ellos, un desayuno delicioso. La muerte es una compañera que solo percibimos ante una situación compleja y difícil, una situación o una experiencia que nos haga sentir que se nos va la vida. Sin embargo, si vamos tomando poco a poco consciencia que es una compañera en la propia vida, nuestra relación paulatinamente, puede llevar, a que el miedo que se siente ante ella vaya disminuyendo.

No dejaremos de sentir tristeza, miedo, rabia, ante la muerte o ante las experiencias que contengan la muerte. No dejaremos de ser humanos, al contrario, es la posibilidad de reconocer lo efímero que es este camino, y que la prolongación de la vida se hace cada día, en lo que disfruto, en lo que añoro, en lo que dejo ir, en lo que retengo para mi bienestar.

A la luz de lo anterior, podríamos meditar en lo siguiente:

¿Cuál es mi relación con la muerte?

¿Qué muertes puedo identificar hoy y que he hecho con ellas? ¿vivo mejor? ¿o me estanco en la pérdida?

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