El dolor que causa no escuchar las intuiciones del corazón


Recuerdo perfectamente la sensación y la experiencia que tuve al ver con mis propios ojos el Huerto de los Olivos en Tierra Santa. Primero, estaba emocionada al ver la majestuosidad de la Basílica de la Agonía que resguarda el lugar que según la tradición, fue el punto exacto donde oró Jesús. Aquí observen mi sonrisa y mi alegría antes de la experiencia personal que iba a tener en este primer lugar santo que visité:






Comenzamos entonces el recorrido. Y aquí estaba delante de mí aquél lugar:




Cuando vi los árboles y el lugar, era precioso. De pronto, empecé a sentir en mi corazón una sensación extraña. Esa sensación de “esperar a alguien con quien has quedado de encontrarte”. Me percaté que estaba esperando a que un “alguien” saliera de algún lado del lugar para verme. Busqué con la mirada en todas las direcciones, pero nadie apareció y sin embargo, seguía allí mi corazón latiendo rápido emocionado. No entendía lo que sentía.


En ese momento, quienes acompañaban el retiro en el que estaba, nos indicaron que siguiéramos a la Basílica de la Agonía. Me dirigí allí y entré. Cuando vi al sacerdote que iba a presidir la Santa Eucaristía y vi de lejos al Santísimo, sentí que era esa persona a quien esperaba, y sentí aún más que él me estaba buscando. Me acerqué allí al altar y de rodillas, me di cuenta que estaba justo donde la tradición indica que Jesús oró. Entendí en ese lugar, que en verdad Dios habla al corazón, que el Espíritu Santo nos aconseja el camino que más conviene, pero, en mi ego, en mi apego, en mi soberbia, duele dejar los planes, duele desprenderse y despojarse de aquello que no es, de aquello que tu interior sabes, conoces que no te hace bien. Duele tanto esto porque entiendes que muchas veces prefieres callar esa voz interior y hacer otra cosa, y luego viene el llanto, las consecuencias negativas y la búsqueda de culpables.



Con cuánta rapidez decimos: “Padre que se haga tu voluntad y no la mía”, pero que poco somos conscientes de que en verdad duele tremendamente renunciar a eso que deseamos. Muchos de los dolores psíquicos y muchos de los sufrimientos que mantenemos en el corazón, en la mente que se evidencian en el cuerpo, provienen del remordimiento de no haber seguido ese consejo, esa voz interior, esa intuición del Espíritu Santo. Allí, el mal en nosotros mismos, sale para alejarnos del perdón, de la misericordia, de la fe en que Jesús está allí dispuesto a limpiarnos de ese dolor para que veamos el aprendizaje y un día que suceda una situación similar, sepamos escucharnos para escucharlo.

  • ¿Qué remordimientos tienes contigo mismo por no haber seguido esa voz de Dios en tu interior?

  • ¿Qué situaciones son ahora ese cáliz que quisieras muy honestamente decirle al Padre “Aparta de mí”?

Jesús nos invita nuevamente a vivir esos dolores unidos a su dolor porque él puede redimirlos, él puede resucitarnos a un corazón nuevo.

  • ¿Le creemos lo suficiente para dejarlo actuar en nuestra vida? O por el contrario, ¿estamos orando para que se haga nuestro parecer?

Porque si es esto último, no somos distintos de Judas.



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