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¿Cómo ser luz para los demás?

Actualizado: 24 ene

En una de las lecturas de la Santa Eucaristía del domingo decía lo aiguiente:


Ahora, pues, dice el Señor: "Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer a las tribus de Jacob y reunir a los sobrevivientes de Israel, te voy a convertir en luz de las naciones,para que mi salvación llegue hasta los últimos rincones de la tierra" (Isaías 49: 6)

Me impactó este fragmento del texto porque es lo que Dios nos dice a cada uno de nosotros "te convierto en luz de las naciones para que mi salvación llegue a hasta los últimos rincones de la tierra". Para ejercer esta misión se requiere vivir la salvación, es decir, creerle a Jesús que por su pasion muerte y resurrección me limpia y me salva de la raiz de mi pecado. Y aquí viene el problema.

En mi diálogo con el Señor le pregunté: ¿cómo puedo ser luz para los demás? Cualquiera puede decir que no es difícil la respuesta. Estoy de acuerdo, no lo es. El problema está en vivir esa respuesta.

Por ejemplo: cuando estaba ayudando en la casa de mis padres a decorar para navidad, mi padre abrio la puerta de la casa, dio un par de pasos hacia afuera y viendo hacia arriba, puso su mirada fija en el foco de la luz. Pensativo entró nuevamente y encendió la luz de afuera, lo observó y la apagó. Salió una vez más y me dijo: -Pásame un trapo que pensé que el foco estaba dañado porque no daba luz pero es el polvo que no deja que brille. Le alcancé el trozo de tela y limpió el foco que al encenderlo, brilló con bastante luz. Mi padre sonrió y solo dijo: -Ahora sí se ve la luz.

con este recuerdo entendí dos cosas. La primera, que el Señor todos los días me invita a ser luz. La segunda, que creerle a Jesús que es el Salvador, implica dejarme limpiar el corazón. Todos los días se acumula polvo en el foco -para continuar con el ejemplo- . Si limpiara todos los días, seguramente que para el fin de año, no estaría tan empolvado y no perdería su brillo. Pasamos los días esperando que alguien más lo haga por nosotros. Así somos con el Señor.

Cantamos, pedimos que nos de un corazón nuevo, que nos de un corazón limpio como un cristal y puro, pero no hacemos nuestra parte que es reconocer la mugre y el polvo que opaca la luz de Dios en nosotros para que al entregársela al Señor en oración, en la visita al Santísimo, en el sacramento de la confesión, pueda resplandecer como ese foco que quedó limpio.

El Señor nos salva y nos sana cada día, pero no es un acto mágico sin sentido, no es una acción momentánea que nos llena de paz fugaz, no. Es un trabajo en equipo: Yo observo mi mugre, mi miseria, mi pecado cada día y lo llevo a Jesús. Él con su amor me limpia para que se me vea la luz de Dios. Y entonces Dios Padre me verá y dirá: "Ahora sí brillas"


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